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Fernando Andrade Ruiz

Gritábamos; las miradas eran raudas, pero solidarias: únicas, felices. Algunos saltaban; otros, enarbolaban banderas al ritmo de tambores, trompetas, bombos. Cada vez que regresaba un policía a ese Comando rodeado de gente fervorosa, ésta lo aclamaba, le agradecía con cálidas palmadas en la espalda: “ánimo, adelante, gracias, la policía no se somete, tiene dignidad propia”.

El gentío era descomunal generando una catarsis fértil, alegre en estribillos, barras espontáneas y hasta niños sonrientes (seguro sin saber motivos) que se solazaban en los hombros de sus padres o entre las manos tibias de sus madres.

Era, ciertamente, algarabía plena: aquel que no había aceptado su derrota en un referéndum y que después acomodó urnas a su antojo, se estaba quedando solo; el respaldo que él creía invariable de parte de la policía, comenzaba a desmoronarse y, entonces, se asustaba y peroraba desaforado: “qué pasa”, “detengan eso”, “castiguen”, “den plata”, “son unos pocos inconscientes”.

Culminante y apoteósico fue el momento en que se vio en la terraza del céntrico recinto policial a enfervorizados uniformados que levantaban banderas patrias y alzaban los brazos para que la multitud grite aún más fuerte, cante aún más contenta y se desahogue con más “vivas” y con más “fueras”.

Ni los minutos ni las horas importaban; el calor humano vencía al tiempo y, esa grata sensación de “lo logramos”, se levantaba esbelta, expandiéndose libre por las brisas tibias de aquella noche inolvidable.

Esas pitas en los postes, esas llantas recostadas en las calles, esos turnos de vigilia, no habían sido estériles y se estaban convirtiendo en símbolo de una dignidad ciudadana pisoteada que se levantaba altiva en cada uno de esos gritos de legítima algarabía.

Fue el motín policial más notable de la historia, porque marcaba el inicio del fin de los abusos, engaños, mentiras, farsas. Tres días después de tan memorable jornada, por decisión propia, el tramposo huía, embozado de cobardía y de miedo.

Sin embargo, el tiempo no había sido estático; ha pasado un año desde aquello y hoy también se escuchan petardos callejeros, pero que anuncian el regreso impávido, sin sanción alguna, de quien, entre otros ardides, pisoteó la voluntad ciudadana de un 21 de febrero, alteró procedimientos comiciales de un 20 de octubre, convocó a dejar sin alimento a las ciudades y, por decir lo menos y suavemente, gustaba encandilar a púberes.

“Pueblos sin memoria”, dice la frase fácil; pero, en verdad, fueron muy culpables los inútiles a los que constitucionalmente les llegó el poder (por eso no fue un «golpe de estado») y que no supieron valorar, ni cuidar, lo que para esas tantas gargantas había significado expulsar al engañador.

Hoy, en este mismo instante, él está regresando: triunfante, impávido, sinvergüenza y, sin duda, mofándose complacido en su más íntimo fuero.

¿Cómo evitar este asco en la boca, este dolor en la memoria y tan amplia desolación en el corazón?

Cuánto duele en este momento eso que llaman “política” y que, en su práctica, no alberga razones, ni sentimientos, ni valores, ni coherencias, ni memoria, ni conmiseración alguna a esa noche, aquí rememorada, en que tantos corazones unidos y tantas voces encontradas, habíamos gritado un ¡basta!, pletórico de dignidad.

Por adminrkp

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